Por Otávio Calegari

Antes de entrar al estudio de nuestra historia es fundamental que ubiquemos un aspecto central del programa de la Unidad Popular que aparecerá en toda esta revista y que nos permitirá entender lo que pasó en el ‘73. Como explicaremos en otros textos, el programa de la Unidad Popular tenía como su eje proponer un “camino pacífico hacia el socialismo”.

Para la Unidad Popular, el proceso revolucionario de los años 70 se trataba de una revolución democrático-burguesa antiimperilaista y anti-oligárquica. Así, planteaban que en un primer momento de la revolución, era necesario garantizar la independencia del país frente al imperialismo y fortalecer sectores de la burguesía chilena “independiente”, mientras se mejoraban las condiciones de vida del pueblo, nacionalizando gran parte de las industrias estratégicas, realizando una reforma agraria y democratizando las instituciones del Estado. Esa primera etapa de la revolución abriría el camino, en un tiempo futuro, para el tránsito hacia el socialismo. Así, los principales partidos de la UP -el PS y el PC- defendían que Chile pasaría por un camino particular hacia el socialismo, el tránsito pacífico, ya que los militares y el pueblo estaban preparados para respetar la “voluntad de la mayoría” expresada a través de las elecciones.

Esa estrategia se oponía a experiencias anteriores de revoluciones obreras y socialistas, como la Revolución Rusa de 1917, la Revolución China y la Revolución Cubana, para citar las tres más importantes. En todos esos casos, la toma del poder por los trabajadores (en Rusia) o por partidos con base campesina (guerrilla cubana y PC chino), se había dado por fuera de la legalidad burguesa, o sea, a través de un choque violento entre las clases sociales. La Revolución Rusa fue la menos violenta en su principio (el día de la toma del poder por el partido bolchevique -que lideraba a la clase obrera y la tropa del Ejército- murieron solamente 3 personas, atropelladas). Sin embargo, después de algunos meses, se inició una cruenta guerra civil que duró varios años, debido a la reacción de la burguesía y monarquía rusas asociadas a los países imperialistas.

En la Revolución Rusa, después de la toma del poder por los consejos obreros (soviets) dirigidos por el partido bolchevique, se inició un periodo de dictadura del proletariado. Esa dictadura no fue contra el proletariado, sino centralmente contra la reacción burguesa y monárquica. Sus periódicos fueron prohibidos, sus empresas estatizadas y la mayoría de sus privilegios desaparecieron. Para la clase obrera y el pueblo, los primeros años de la revolución rusa fueron de intensa democracia, con el surgimiento de miles de nuevas organizaciones en el campo, barrios, organizaciones de mujeres, jóvenes, militares y obreros. Los soviets fueron los principales canales de esa amplia democracia, donde todo se decidía y se implementaba, donde se elaboraban las leyes y se fiscalizaba su aplicación. Así, desaparecían los poderes burgueses (tribunales, policía, poder ejecutivo, parlamento, etc.) y aparecía el poder obrero.

En las otras revoluciones de carácter socialista, como China (1949) o Cuba (1959), no hubo esa misma democracia para los trabajadores, porque las organizaciones que tomaron el poder no estaban apoyadas en organismos democráticos de las masas y se burocratizaron rápidamente, tomando decisiones cupulares y sin fortalecer la verdadera democracia de las y los trabajadores. Por eso, decimos que en esos países no existió la verdadera dictadura del proletariado y sí dictaduras burocráticas de los PCs, que se apoyaban en la expropiación de la burguesía en esos países y en enormes conquistas de las masas, pero que apuntaban en el sentido contrario al socialismo. Esas dictaduras (Mao, Stalin, Castro) allanaron el camino para la restauración del capitalismo algunas décadas después.

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