La Comuna de París

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Lenin y Trotsky no tenían dudas y lo repetían siempre: la victoria de Octubre de 1917 fue posible también gracias al estudio detallado que los bolcheviques hicieron de la Comuna de 1871 (1).

Escrito por Liga Internacional de los Trabajadores – Cuarta Internacional.


 

Por otro lado, el socialismo francés, y su historia de revoluciones (de 1789 a 1793, de los años treinta del siglo XIX a junio de 1848), era una de las tres fuentes de la propia elaboración de Marx y Engels (juntamente con la economía inglesa, Ricardo, y la filosofía alemana: Hegel y Feuerbach).

Así, en esta primavera de 2011, ante el grandioso espectáculo de las revoluciones árabes, ante el mayor movimiento revolucionario internacional de los últimos dos siglos (nunca la historia nos había ofrecido una decena de revoluciones desarrollándose en las mismas semanas), para que los comunistas vuelvan a estudiar la Comuna, sus conquistas y sus errores. No es un ejercicio retórico referido al calendario de conmemoraciones, no es un estudio académico, sino un trabajo de estudio para buscar construir la victoria de las revoluciones contemporáneas.

La noche de los cañones

En la noche entre el 17 y el 18 de marzo de 1871, después de ser repelidos para Belleville [barrio de París], los soldados del gobierno republicano de Thiers buscaron retomar los 271 cañones y las 146 ametralladoras que la Guardia Nacional tenía instalado en la colina de Montmartre que domina París. Pero el proletariado, teniendo al frente los comités de mujeres (entre ellos, el de la profesora Louise Michel), cierra el camino e invita a los soldados a desobedecer las órdenes, a revelarse contra los generales. Es el inicio de la insurrección que, bajo la dirección del Comité Central de la Guardia Nacional, ocupa todos los puntos neurálgicos de la ciudad y se apodera del Hotel de Ville, sede del gobierno. El gobierno burgués huye de la capital y se refugia en la vecina Versalles.

La primera estructura de tipo “soviético” de la historia

La Guarda Nacional era una vieja institución de la revolución de 1789-1794. Pero si durante la primera revolución francesa fue esencialmente un instrumento de la burguesía; si en la revolución de 1848 fue uno de los instrumentos de la contrarrevolución burguesa contra la primera insurrección obrera (junio); en 1871 fue otra cosa.

Reconstituida sobre bases nuevas, en 1870, después que la derrota de Napoleón III en la guerra contra los prusianos de Bismarck (2), que había abierto las puertas a una nueva República (dirigida por un gobierno burgués), en 1871, era una milicia de obreros. Trescientos mil obreros armados en París constituían, como Marx escribía en aquellos días, el principal obstáculo que la burguesía encontraba ante sí. Un obstáculo a la tentativa del gobierno de obligar los trabajadores a pagar la crisis económica (y las deudas de l aguerra). Por esto Thiers había intentado, de entrada, dispersarla, reducirla y luego abolirla la “soldadera”, para después desarmarla.

Esta nueva Guardia Nacional, compuesta por obreros de la industria y artesanos, estaba dotada de una estructura de organismos propios (3). Los obreros constituían entonces una clase relativamente desarrollada y con un alto grado de concentración en París: en los astilleros trabajaban 70.000 obreros, otras grandes concentraciones eran la Govin, fábrica de locomotoras, la fábrica de armas del Louvre, etc. Y la Guardia Nacional tenía una conformación que anticipaba, de cierta forma los consejos de obreros y de soldados (los soviets) que nacieron en  Rusia, durante la primera revolución de 1905 y nuevamente en febrero de 1917.

Dos meses de gobierno obrero

La insurrección y la toma del palacio del gobierno y de París, la división del ejército y su disolución como estructura del dominio capitalista; es decir, la ruptura revolucionaria del Estado burgués, constituyen los actos de nacimiento del primer gobierno obrero de la historia. Un gobierno que durará solamente dos meses.

Dos meses que transformaron las bases de la sociedad. Se cuentan en cerca de un centenar los periódicos diarios de los communards. Son infinitas las asambleas cotidianas para organizar el nuevo poder: no bastando los teatros, se expulsaba de las iglesias a los padres y sus crucifijos, transformando cada lugar en un instrumento para la administración del poder obrero.

Pocos días después de la toma del poder, tras la fuga a Versalles de los parlamentarios burgueses (electos por la nueva República), el Comité Central de la Guardia Nacional convocaba nuevas elecciones para elegir no otro parlamento, sino exactamente una Comuna (con cerca de noventa miembros), que asumía el poder ejecutivo, legislativo y judicial.

El gobierno obrero tomará inmediatamente una serie de medidas: requisición de las fábricas y su reorganización bajo control obrero, requisición de las casas vacías y su readjudicación a los trabajadores, asistencia médica gratuita (y derecho para las mujeres al aborto), reforma integral de la escuela (no como otro instrumento de la burguesía), expropiación de los bienes de la Iglesia…

Solamente una parte de estas medidas fue efectivamente realizada. Faltó el tiempo, faltó una dirección unívoca y coherente del gobierno. Sobre todo fue necesario defender inmediatamente el nuevo poder del asalto de las burguesías francesa y prusiana que, enemigas en la guerra que recién había acabado, reencontraron una plena unidad de intenciones cuando fue la hora de aplastar la revolución obrera, cercando con armas París e invadiéndola para realizar una masacre sin precedentes (se cuentan más de cien mil víctimas de los fusilamientos sumarios, de los procesos, de las persecuciones implementadas por la burguesía). El día 28 de mayo de 1871, las tropas del gobierno Thiers (reconstituidas con la ayuda de Bismarck) derribaban la última barricada y retomaban París.

Errores, límites y contradicciones de la Comuna

Incluso cuando la definieron inmediatamente como “el mayor evento del movimiento obrero”, y trabajando incesantemente para apoyar el desarrollo de la lucha a muerte contra la burguesía, Marx y Engels no renunciaron nunca a indicar los errores y límites de la Comuna, en una tentativa (durante aquellos dos meses) de aportar decisivas correcciones; y con el intento (tras la caída de la Comuna) de propagar las enseñanzas, inclusive aquellas negativas, para aprovechar las lecciones de aquella derrota y avanzar hasta nuevas y más duraderas victorias.

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En decenas de cartas escritas aquellos días, y en cada texto sucesivo, los dos principales dirigentes comunistas del movimiento revolucionario indicaron, en particular, algunos puntos que contribuyeron para el fracaso de aquel grandioso experimento. Aquí, por razones de espacio, indicaremos sumariamente las lecciones negativas que Marx apuntó sobre la Comuna. Podemos resumirlas en dos puntos.

Primero: las medidas económicas efectivamente implementadas por la Comuna (en este caso, gracias especialmente al componente proudhoniano, es decir anarquista y reformista) fueron insuficientes. En particular, aunque teorizando y practicando parcialmente la expropiación de la propiedad burguesa de los medios de producción, la Comuna se postró ante el Banco Nacional y pidió… un préstamo, en vez de apoderarse del mismo.

Segundo: las medidas político-militares fueron insuficientes, tardías y confusas. En vez de atacar el gobierno que había huido para Versalles, antes que éste tuviera tiempo de reorganizarse y cercar París, esperó, y tardó después también en la organización de la defensa armada de la capital, confiándola en diversos casos a oficiales incapaces y excediéndose en la generosidad contra los adversarios que se preparaban en armas.

El “terror rojo” contra los enemigos de la revolución fue, como recuerda Engels, más anunciado que practicado, o practicado con “excesiva cordialidad”). En vez de dar la prioridad para la extensión de la revolución a otras grandes ciudades francesas, única vía para romper de hecho el aislamiento político, la Comuna se cerró en sí misma, y el Comité Central de la Guardia Nacional “pierde tiempo” (la expresión es de Marx, retomada por Trotsky) queriendo ceder el poder que había conquistado a una estructura electa. Así convocó las elecciones para la Comuna (formalmente a través del “sufragio universal”, pero en el cual participaron, de hecho, solamente los trabajadores, visto que los burgueses habían huido en gran medida huidos o se mantenían en silencio).

Un “punto de partida de peso histórico”

Incluso con sus contradicciones, con sus límites y errores, en sus intenciones subjetivas, en el sentido general que expresaba, recuerda Marx, “la Comuna fue el primer gobierno obrero de la historia”, el primer gobierno de los trabajadores que gobernó en favor de los trabajadores. Por eso Marx escribía, poco tiempo antes de la derrota, en una carta a Kugelmann: “Cualquiera que sea el resultado inmediato, un punto de partida de peso histórico universal fue conquistado.” (4)

¿A qué se refería Marx? En particular, al hecho de que la Comuna había enseñado para siempre, en la práctica (y esto valía más que mil programas y textos), que los trabajadores no pueden simplemente “conquistar” el Estado de la burguesía y “convertirlo” a sus intereses. Aquel Estado, sus instituciones, su parlamento (aún el más democrático), sus cuerpos armados, deben ser “quebrados”; no basta una imposible obra de “reforma pacífica”, es necesaria la ruptura revolucionaria, es decir la insurrección y la guerra civil (cuya duración y grado de intensidad y de violencia dependen no de una elección de los revolucionarios, sino del grado de resistencia que las clases dominantes estarán en condiciones de contraponer para defender su propiedad de los medios de producción y de intercambio).

Al Estado de la burguesía, derribado por la revolución, es necesario sustituirlo por un Estado distinto, basado en los organismos de lucha de los trabajadores, un Estado obrero. La dictadura de la burguesía (dictadura de una ínfima minoría sobre la gran mayoría) necesita ser sustituida por una dictadura del proletariado (que en la sociedad constituyen la gran mayoría). En otras palabras, otra economía, centralizada y planificada en base las exigencias de la mayoría, que no puede basarse sobre la falsa y formal democracia burguesa y sobre sus instituciones: es necesario un otro Estado, otra democracia. Los obreros de la Comuna, con su heroica (e infelizmente fracasada) tentativa indicaron, concluía Marx, en la práctica, por primera vez en la historia, “la forma finalmente encontrada” de la dominación proletaria. Por primera vez, habían construido un gobierno obrero porque por primera vez habían destruido completamente el gobierno de la burguesía, refutando la política de colaboración de clases que, hasta entonces (por ejemplo, en la Francia de febrero de 1848, con el ingreso de Louis Blanc en el gobierno burgués) habían conducido los representantes obreros a ocupar puestos en los gobiernos de la burguesía y a subordinar así los intereses de los trabajadores a los intereses burgueses, sacrificando la lucha de clase a los alegados (e inexistentes) “intereses comunes” de las clases.

Se trataba realmente de una conquista “teórica” (impuesta en la práctica) de peso fundamental. No es por casualidad que, cada vez que el movimiento obrero (guiado por las direcciones traidoras) abandonó esta “conquista”, y renunció a la independencia de clase en los conflictos con la burguesía y con sus gobiernos, terminó en un callejón sin salida. No es por casualidad que el centro de toda política reformista, es decir contrarrevolucionaria, siempre consistió en conducir a los trabajadores a creer en la colaboración con el adversario.

Toda la política de traición operada por la socialdemocracia a inicios del siglo XX llevó  después a la sustentación de los gobiernos burgueses empeñados en la masacre de la Primera Guerra Mundial; toda la política de los llamados “frentes populares” guiada por el estalinismo de los años treinta, que preveía el apoyo y la participación directa en gobiernos burgueses; toda la política de la socialdemocracia en los decenios siguientes, hasta la versión (caricaturesca) representada por el reformismo gobernista contemporáneo (en Italia, con las desastrosas experiencias de gobierno de Refundación Comunista en decenas de gobiernos regionales y locales; experiencia que los dirigentes reformistas quieren retomar en un futuro pos Berlusconi); todas las derrotas a que el reformismo guió el movimiento obrero reposan sobre la negación de la “forma finalmente descubierta” por los obreros parisienses. Es por esto, que no solamente la burguesía, sino también el reformismo de todas las épocas (y también los anarquistas) actúan en este sentido: hacen de todo para negar, o por lo menos para falsificar, aquella página de la historia. Es por esto, que aquella página de la historia pertenece plenamente solamente a los revolucionarios.

Sin partido comunista ninguna revolución puede vencer y desarrollarse

Pero nuestra reconstrucción de la Comuna y de sus enseñanzas, aunque necesariamente esquemática, sería del todo incompleta si no dijéramos algo sobre la principal causa (en la opinión de Marx, Lenin y Trotsky) de su derrota. Todos los grandes dirigentes revolucionarios que estudiaron la Comuna concuerdan en decir que esa fracasó por la ausencia de una dirección, de un partido, coherentemente marxista. Ninguna revolución de la historia ocurrió “espontáneamente” (la “generación espontánea” no existe ni en la naturaleza ni en la política). Siempre existen direcciones: las calidades de estas direcciones determinan las posibilidades de la victoria de la revolución.

De hecho, estaban presentes en la Comuna todas las corrientes de la izquierda de la época (neojacobinos, proudhonianos, anarquistas bakunistas, blanquistas) y, aunque una mayoría de los dirigentes estuviera conectada a la Asociación Internacional de los Trabajadores (es decir la Primera Internacional), solamente algunos pocos eran próximos de las posiciones de la mayoría de la Internacional. Es decir, de las posiciones de Marx y Engels (los principales textos de Marx, a partir del primer libro de El Capital, publicado en 1867, eran substancialmente desconocidos en Francia, inclusive por los dirigentes communards).

No faltaban, en suma, organizaciones conectadas a las varias corrientes del movimiento obrero. Existía inclusive un embrión de partido (el Comité Central de los Veinte Distritos, organización de militantes, de vanguardia, basada sobre un programa de oposición de clase a la burguesía, nacido en septiembre de 1870). Pero los pocos marxistas, presentes en diversas organizaciones y a veces (raramente) responsables de tareas de dirección en la Comuna, no disponían aún de un partido propio (5). Esto explica la razón de las oscilaciones, indecisiones, retardos, y de los gigantescos errores en la conducción de la Comuna. Y explica también porque Marx, pocas semanas antes de la insurrección parisiense, clamaba para que el tiempo del choque de clase (precipitado por el ataque burgués para desarmar la Guardia Nacional) permitiera a los obreros revolucionarios construir aquel partido que faltaba (6).

Fue la propia suspensión de pagos de la Comuna el elemento principal que llevó a la crisis y, por lo tanto, la decisión de disolver la Primera Internacional (basada sobre una “ingenua unidad de reformistas y revolucionarios”, según la expresión de Engels) para dar vida a una internacional y a partidos “enteramente marxistas” (7).

Como concluía Trotsky, fue justamente la presencia en Rusia de un partido “enteramente marxista” (el partido bolchevique) lo que permitió que la Comuna de Petrogrado de 1917 no fuera masacrada cómo aquella de París y permitiera, de forma no efímera (aunque también infelizmente destruida gracias a la sucesiva obra del estalinismo), a una efectiva dictadura del proletariado (8).

Este es la principal enseñanza que nos dejan como herencia los obreros que, ciento y cuarenta años atrás, dieron la vida por el primer gobierno obrero de la historia: también las revoluciones que hoy están sacudiendo el Norte de la África y Oriente Medio, también las revoluciones que mañana podrán inflamar a Europa y a los países occidentales, conseguirán imponerse y desarrollarse en dirección al socialismo solamente si, en el calor de las luchas, saben construir aquellos partidos coherentemente marxistas (es decir, hoy, trotskistas) y aquella internacional coherentemente comunista (es decir, hoy, la Cuarta Internacional) que son instrumentos indispensables para derribar el dominio capitalista y vencer.

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Notas
(1)Una amplia parte de Estado y revolución, el libro que Lenin escribió en la víspera de la revolución de Octubre, y todos los principales textos (por ejemplo, las “Tesis de Abril”) con los cuales el dirigente bolchevique “rearmó” programáticamente el partido para guiarlo a la victoria, están impregnados de referencias la Comuna de 1871.

(2) Prusianos: de Prusia, región de Alemania que, bajo la dirección de Bismarck comandó el proceso de unificación nacional alemana, derrotando a Francia (NDT).

(3) A fines de febrero de 1871, una asamblea de dos mil delegados de los batallones de la Guardia Nacional aprueba su constitución en Federación republicana. El primer punto del programa es la abolición del ejército permanente y su sustitución por una milicia de los trabajadores. Es la proclamación de la ruptura con el Estado burgués y la forma de disolver sus “fuerzas armadas”, imponiéndose cómo única fuerza armada.

(4) “Carta de Marx la Kugelmann”, 17 de Abril de 1871 (Edición Brasileña: K. Marx y F. Engels, Obras Escogidas, Alfa-Omega, 3 volumen, p. 263. NTD)

(5) Existía en París un representante directo de la AIT, enviado por Marx, Serrailier. Además de él, Marx podía contar en París solamente con otro dirigente: el obrero de origen húngaro Leo Frankel y en algunos marxistas aislados, por ejemplo, la joven Elisabeth Dmitrief, militante de origen ruso, alentada por Marx a ir para París, en marzo de 1871, y que se hará dirigente de la Unión de las Mujeres. Sabemos que Marx mantenía correspondencia también con Eugene Varlin (una más que interesante figura de la Comuna) y que escribió diversas cartas a Varlin, Serrailier y Frankel (en gran medida perdidas).

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