“Ignoro con qué armas combaten los espectros
pero sé que nuestro campo de batalla
será el espacio de la muerte”.
Óscar Hahn

Cuando recordamos el pasado recurrimos a nuestra memoria, pero siempre desde nuestro presente, el hoy, con todos los hechos de nuestra vida cotidiana actual, por lo que tendemos a reinterpretar el pasado con las emociones y sentimientos del presente. Esto tiene como fin guiarnos en el hoy y sentirnos parte de un futuro que construiremos. La Historia y “memoria oficial” de Chile opera de la misma forma, es decir, une los tres tiempos históricos (pasado-presente-futuro) para señalar qué y cómo se debe recordar el presente y que éste sea nuestra orientación en la vida cotidiana del hoy/mañana.

Un ejemplo concreto: la “memoria oficial” de la Transición chilena, post-salida de Pinochet, decretó la culpabilidad histórica de la crisis de la Unidad Popular, Allende, el Golpe de Estado y la dictadura militar, por obra de los polos ideológicos: izquierda y derecha que socavaron la estabilidad de la democracia al hacer política con acciones sobrepasadas o no reguladas por las leyes, normas, decretos, tradiciones republicanas. Así, surgía una tesis de los “dos demonios”, la base del Informe Retting (1991), imitando el análisis de las dictaduras argentinas de fines de los 70, parcialmente modificado en el Informe Valech (2005). “Buenos y malos”, desde una moralidad católica, fueron los culpables y, por lo tanto, para evitar nuevas crisis había que condenar a dichas corrientes políticas, marginarlas, desacreditarlas, etc., mas sobre todo mantener un equilibrio sano, moderado, pragmático de la política en Chile; los años dorados de la Concertación bajo la “democracia de los acuerdos”. Otros la llamaron “democracia protegida” porque Pinochet estuvo hasta 1998 como Comandante en Jefe del Ejército y la serie de enclaves autoritarios (leyes anti-democráticas) siguieron limitando las acciones sociales y políticas. De todas formas, se construyó una memoria oficial que cumplió una función política: sustentar los años de crecimiento económico, la ampliación del consumo, las privatizaciones de empresas, servicios y recursos naturales del Estado, la recolonización imperialista por TLC’s y despolitizar al conjunto de la sociedad.

Por otro lado, tanto en las Fuerzas Armadas como la derecha, su memoria oficial estaba enraizada en la lógica de la Guerra Fría, es decir, un elaborado esquema donde la izquierda militante y el gobierno de Allende estaba preparando una insurrección popular armada o “autogolpe”, asesinando al Alto Mando de  Fuerzas Armadas y Carabineros, la Iglesia Católica y la derecha política y empresarial, cuyo fin era instaurar la dictadura del proletariado por medio de una “República Popular Democrática de Chile”.  

Lo anterior se conoció como “Plan Zeta”, sobre la base de unos documentos encontrados después del golpe militar y que contenían análisis en códigos (encriptados) sobre la política contingente de la UP. A tales características atribuidas a dicho Plan se sumaban hipótesis de escenarios posibles: enfrentamiento político-militar con Fuerzas Armadas unidas o divididas (leales a Allende), el control de cuarteles y regimientos por militantes del GAP (Grupo de Amigos Personales de Allende, su guardia personal), intervención militar extranjera (Cuba) y control territorial por parte de la izquierda militante. Esto se realizaría en la Parada Militar del 19 de septiembre de 1973, por lo cual de esta forma la naciente dictadura justificó el golpe de Estado[1].

Así, las FFAA y Carabineros más la derecha política y empresarial crearon su memoria histórica en base al “enemigo interno”, mas el juicio de la Historia tocó a su puerta y, siendo uno de los escasos logros de la Transición, dicho Plan Zeta, obra magna del historiador derechista Gonzalo Vial, pasados más de 30 años, reconoció la autoría de éste y la falsificación histórica por el “contexto político de la época”. Ni la CIA, ni la Comisión Valech ni algunos miembros civiles ni militares validaron dicho Plan por ser un ejercicio de “guerra psicológica”. Sin embargo, espectros del pasado se aferran hoy a esa memoria como la ultraderecha.

En este sentido, recordar el pasado durante la Transición, era abrir una herida, hablar y tomar una postura política podía llevarnos a dividirnos/polarizarnos, enfrentarnos más allá de las palabras con violencia física y asonadas o golpe militar. Este hecho y sensación abarcó toda la década de los 90’ y bien entrado el nuevo milenio, solo quebrado a partir de la “revolución pingüina” del 2006 y el salto cualitativo de la movilización estudiantil del 2011. La memoria oficial se despedazaba y otras lecturas, visiones y acciones entraban por debajo a disputarle al régimen post-transición que “mucho más temprano que tarde se abrirían las grandes alamedas”. Octubre 2019 es la muerte de la memoria oficial del Estado de Chile, ya que una nueva generación de luchadores/as nos hemos sacudido de ese pasado de horror y miedo del pasado, construyendo nuestra propia memoria histórica, a partir de las vivencias en estos 30 años. Una memoria contra la memoria oficial del Estado capitalista, la base de nuestra reorganización social y política para cambiar de raíz el sistema. ¡Nos quitaron tanto que nos quitaron el miedo!

Sin embargo, parafraseando, en parte, al poeta Óscar Hahn, en su poema “Enemigos”, espectros del pasado resurgen como fantasmas, aquellos silentes guardianes de la ortodoxia capitalista neoliberal, triunfantes durante estos 30 años y en decadencia hoy, habían adquirido un poder sobrenatural (“dios mercado”) gracias a la memoria oficial. El Líbero, como Hades, viene a buscar un campo de batalla para defender dicha memoria, encontrando su némesis: ¡Chile despertó! ¡Dignidad!

Quién es quién en el Chile actual: la mirada de la ultraderecha

Dentro de los múltiples estudios, análisis e investigaciones acerca del “estallido social” en Chile de octubre de 2019, nos hemos centrado en el libro de Magdalena Merbilháa, et.al. Nuestro octubre Rojo. Orígenes de un estallido social. Ediciones El Líbero, 2020, aquél periódico digital de ultraderecha, como voceros del viejo empresariado, represión política y con fuertes conexiones y redes políticas al día de hoy[2]. El texto intenta dar una explicación histórica y filo/antropo-sociológica del estallido social y la defensa económica del neoliberalismo chileno.

Para saber qué/quienes es/son la ultraderecha, una técnica de análisis del discurso nos permite identificar cómo ésta visibiliza o ve al otro, su opuesto, oponente o enemigo, en la vida y lucha cotidiana. Las palabras tienen un significado y ordena el discurso para la acción, así permite separar aguas para construir su identidad, lo cual está en estrecha relación con la clase social perteneciente o a quienes defienden. De la lectura del libro esquematizamos las siguientes:

Ataque terroristaBomba de racimoDetonación
DestrucciónEstallido antisocialLumpen
AnarcosNarcosAnti-sistémicos a sueldo
Adolescentes frívolosViolentistasAnarco-terrorismo
Fuerzas antidemocráticasHidra venenosaHordas de desalmados y descerebrados
Refractarios a cordura y sensatezInsurrección delictualCriminales
DesadaptadosTerroristas selectivosJauria de hienas
CobardesTotalitariosParásito corrosivo y letal
Tontos útilesCerebros hipertrofiados reptilianosEnergúmenos descompensados
Infiltrados extranjerosInmigración descontroladaFuerzas abyectas y oscuras
Nihilistas de laissez faireVisionarios de psiquiátricoRevolucionarios de opereta

El hoy está indeleblemente marcado por la criminalización hacia todos/as quienes se levantan contra el actual orden establecido. No es solo criminalizar la protesta social y popular sino que el discurso es un utilitarismo subjetivista, el cual permite tomar posición a favor del capitalismo neoliberal y proyectar sus métodos de defensa. Cuando O. Hahn se preguntaba acerca de cuáles serían las armas de los espectros, señalaba que sin verdad, juicio y castigo de las violaciones a los DDHH de la dictadura militar, gracias a la memoria oficial, podrían lograr que aquellos crímenes de lesa Humanidad quedaran en la impunidad. Para Hahn, lo central era seguir luchando contra dicha impunidad, aquel espacio de muerte, olvido y silencio, a pesar de desconocer las posibles nuevas armas de los espectros. Mas éstos han reaparecido.

Para ser una investigación académica que pretende “…la verdad de lo que ocurrió y esbozar caminos de solución” (sic), el lenguaje utilizado visibiliza un odio de clase hacia un sector del pueblo movilizado. Un análisis insidioso junto a una serie de amalgamas al combinar sus opiniones políticas personales con la realidad concreta, ya que a partir de una precaria, mecánica, reduccionista y carente de objetividad, correlacionan los hechos del estallido social, incurriendo en una insidia negacionista, formalista y moralista. Una soberbia intelectual funcional al régimen capitalista que deslegitima la acción/protesta social.

No deja de llamar la atención el análisis de los autores, dictando cátedra de moral limpia y desacreditando a los sucios, una política propia del fascismo y neofascismo. Así, el lenguaje-discurso legitima la descalificación y desvalorización para “limpiar a los sucios”. Primero la exclusión del otro por el discurso, luego la nulidad física de éste por grupos paramilitares.

Los espectros han tomado fuerza porque ven su sociedad capitalista en ruinas y con ello su modo de vivir/sentir, denotando una neurosis propia de una moral conservadora y autoritaria. Un ejemplo extremo lo constituye el calificar de “cerebros hipertrofiados reptilianos” a las/los luchadores sociales, apoyándose en una deformación antropológica sobre la evolución del hombre. Se trata de anular al otro por medio, recurriendo a la biología y neurociencia, método heredero de la escuela de C. Lombroso, quien calificaba a los sujetos, que no obedecían las reglas (delincuentes, marginales, etc), a través del tamaño de sus cerebros. Un determinismo histérico y ahistórico que reduce nuestras acciones cotidianas a una única forma de ser, pensar o hacer y no contempla el o los contextos social-culturales en que nos movemos y del cual podemos cambiar a nuestra elección. Qué más podríamos pedirles a estos ultraderechistas, hijos del aquél autoproclamado Almirante de la Armada, José Toribio Merino, cuando señalaba de “humanoides” a la izquierda chilena.

“Miente, miente, que algo queda” decía Goebbels, líder nazi, siendo la escuela ultraderechista y que se ejemplifica en la deliberada interconexión entre narcotráfico-delincuencia-anarquistas y violencia política urbana radical. Las “pruebas” son precarias en su sostenibilidad, como la expulsión de extranjeros cubano-venezolanos por indocumentación, mas funcional a su ideología ultraderechista para crear un clima de “infiltrados extranjeros” que preparan un estallido con manual de inteligencia en tres etapas: subversión ideológica, desestabilización del país y dictadura electoral. Ni citas ni fuentes de dónde se obtiene dicha información y, si las hay, son autocomplacientes al neoliberalismo chileno, como la OEA que aseguró que la violencia era financiada desde Cuba y Venezuela. Hasta el propio diario La Tercera tuvo que desmentir una noticia falsa sobre lo anterior[3]. Y los propios fiscales que investigan el “estallido social”, hasta el día de hoy, desmienten dicha tesis[4]. Los espectros develan una histeria fascista (terror a la revolución) y una obsesión anti-izquierdista.

Falsificaciones y miedo de la ultraderecha: un fantasma recorre Chile

Desde un punto de vista historiográfico, Merbilháa analiza el estallido social con una distorsión política al utilizar métodos desfigurados (maniqueístas), donde la función ideológica ultraderechista estructura una narrativa arbitraria, sesgada y con falsificaciones históricas. El valor utilitario de su conservadurismo analiza el pasado, reconfigurándolo para su fin, condenando el presente y proyectando la memoria oficial (Transición) del neoliberalismo chileno.

En principio, todo el estallido social se mira desde una óptica negacionista del contexto histórico social porque, si bien existe un descontento social, éste adquirió visibilidad por una “coordinación orquestada a nivel sinfónica”, es decir, un plan concentrado de la extrema izquierda más la unidad anarquistas-narcotraficantes y todo anti-sistémico a sueldo. De este modo, no existe (y existiría) una demanda social a nivel nacional por las desigualdades del sistema, sino una realidad compleja y multifactorial, mas dicha coordinación orquestada a manipulado las conciencias para buscar el fin y cambiar el modelo económico actual.

Cuando lo desconocido trae inseguridades, te sostienes en base al orden cotidiano de las cosas, lo “normal o natural”, para lo cual deslegitimas dichas inseguridades, no otorgándoles relevancia, negándote a comprenderlas y, tal vez, a visibilizarlas como una significancia real que puede contribuir a mejorar cualitativamente tu vida cotidiana. Los cambios sociales, tal como en nuestra vida, ocurren en lo imprevisto, incierto, lo que escapa del control/dominación, liberando la rigidez, la estática, el silencio, etc., que nos permite pensar en actuar/luchar por modificar el “orden natural de las cosas”. En este caso, la ultraderecha reacciona como lo que es, la defensora de una clase y corriente política refractaria a cualquier tipo de cambio al capitalismo en general y el neoliberalismo en particular. Es más fácil desligarse de las responsabilidades, atribuírselas a otros, criticarlos y combatirlos como espectros (su zona de confort capitalista).

Para evitar los cambios sociales, Merbilháa busca el origen de todo el mal en la Historia universal y lo encuentra en la antinomia libertad/igualdad: revolución inglesa versus revolución francesa. Para ella, el ideal de libertad propiciado por la revolución inglesa: individualismo, propiedad privada y Estado mínimo es la clave del desarrollo social, ejemplo, Inglaterra y EE. UU. Por el contrario, igualdad jamás existiría porque cada uno es único e indivisible, rechazando la idea de la revolución francesa: pacto social y el Estado como agente redistribuidor de bienes y servicios. En este sentido, la autora recurre a una forma única de ver la Historia, reduciendo y relativizando la significancia social de las revoluciones inglesa y francesa, contra las monarquías locales, y el conflicto inter-clases por el control del poder político para intereses propios al naciente capitalismo mundial.

La función política neoliberal de Merbilháa lleva a tomar posición a favor del liberalismo inglés, deslegitimando la revolución francesa con amalgamas ahistóricas, es decir, descontextualiza las particularidades de la propia revolución con una mirada prejuiciosa desde el presente. Esto crea una mirada única, natural y pro-capitalista a favor de la revolución inglesa y su conservación del orden clerical, gracias a la monarquía parlamentaria, y una criminalización hacia la radicalidad de la revolución francesa contra el antiguo régimen. Un ejemplo de falsificación histórica lo realiza al señalar que la revolución industrial inglesa introduce las formas mall y retail. Conceptos y formas de trabajo del siglo XXI son trasladados mecánicamente para apoyarse en la defensa del neoliberalismo chileno. Silencio absoluto sobre las condiciones laborales de la revolución industrial y de la precarización y subcontratación actual de los mall’s y retail.

Siguiendo al respecto, el camino de Merbilháa lo constituye una teleología neoliberal, es decir, una creencia que las acciones y hechos de la vida cotidiana suceden por la o las causas finales que aspiramos o queremos realizar y no contemplando el libre ejercicio de cambiar las acciones/decisiones. En ese sentido, considera la revolución francesa como el mal de todas las causas sociales en los siglos XIX y XX, pues introdujo la idea del Estado, la igualdad y el socialismo científico. Los dos primeros verídicos pero el socialismo científico es una praxis que se constituyó a mediados del S. XIX, por Marx y Engels, y que tomaba las bases de la filosofía alemana, la política francesa y la economía inglesa. Atribuir el concepto “socialista” a la revolución francesa del siglo XVIII es una manipulación y falsificación histórica, pues no estuvo incorporado en la acción general, más allá de los Sans culottes[5], por lo que la insidia intelectual de la autora prima para revisar el pasado con sus experiencias neoliberales del presente y tergiversar un proceso histórico para beneficio actual de su clase/sector social.

Ejemplo de lo anterior es la crítica hacia las Independencias Latinoamericanas porque eran “socialistas emergentes” de inspiración francesa, ya que la idea de igualdad adquirió mayor importancia en las oligarquías nacionales en contra de la propiedad privada y lucro, al cual se le asignaba un valor del origen del mal (desigualdad) y pecado capital. La autora es incapaz de correlacionar su análisis entre factores estructurales coloniales, subjetividades de la acción independentista e interrelación con el capitalismo mundial. Condena a Chile por ser francés y a O’Higgins igualmente, derivando en una insidia estigmatizadora al considerarlo como “joven dañado emocionalmente, con un padre ausente y exaltador” (sic). Hay un correlato entre cómo ve el hoy hacia el estallido social y la manipulación histórica. A favor de Merbilháa, se podría argumentar que confunde Estado e igualdad, como igualitarismo radical, con socialismo científico, sin embargo, es su teleología neoliberal la que domina su análisis, por lo cual con denotada intención incurre en las falsificaciones, amalgamas e incoherencias históricas.

Mas si no fuera suficiente con la condena a la revolución francesa, la autora se dirige contra la “filosofía totalitaria” de Hegel al plantear el “Espíritu e idealismo” como una nueva religión ateísta. Para Merbilháa, la rueda de la historia si no favorece a sus ideales son despreciablemente condenables: orden, estructura y moral tradicional conservadora, rígida y sin historia. La respuesta de la autora es la deformación y la insidia histórica, pues avanzando hacia el siglo XX reduce los conflictos políticos a una teoría única, presentando en forma amalgamada el socialismo científico o marxista como similar “nacionalsocialismo” (Nazis) y al fascismo italiano (“socialismo no soviético”). Nuevamente bajo la teleología neoliberal la autora falsifica la realidad a beneficio propio.

En este sentido, el método historiográfico es deplorable pues constituye la lógica formal de la ultraderecha a nivel mundial. Lejos de explicar las diferencias entre la URSS, el “socialismo”, comillas, real, sin comillas y el nazi-fascismo, de forma simplista y de falso sentido común, manipula la realidad a su antojo. Como el “virus socialista” introducido por la revolución francesa es el culpable de la lucha de clases, todo aquello que tenga un contenido o que tome en parte alguna característica (pro)socialista, entendiéndolo como igualitarismo social con acción estatal, es similar entre sí por diverso que haya sido su origen.

Para claridad de Merbilháa, el sistema soviético se basa(ba) en tres pilares: nacionalización de la economía; planificación centralizada de dicha economía; monopolio del comercio exterior e interior, es decir, la abolición de la propiedad privada capitalista. En cuanto al régimen de instituciones, de la democracia de los soviets (en los primeros años de la revolución) se derivó a una liquidación y control burocrático-totalitario de los PC’s porque prohibió la deliberación democrática y asociativa de las/los trabajadores, campesinos, entre otros. En lenguaje militante de izquierda trotskista se llama “Estado obrero burocrático” (URSS) y “Estado obrero degenerado” (“socialismo” real”). Por el contrario, el nazi-fascismo se basaba en un corporativismo capitalista monopólico sin abolir la propiedad privada. Sí existen coincidencias, el rol del Estado centralizador y el régimen totalitario de partido único, pero las diferencias entre culturas políticas antagónicas, la sustentación de su base social, el proyecto político final y el rol cualitativo de expropiación de la propiedad privada capitalista es lo que diferencia ambas corrientes políticas del siglo XX.

¿Qué implicancias pueden tener estas falsificaciones históricas de Merbilháa en la realidad actual? Un ejemplo actual fue cuando el Intendente de la Región Metropolitana, Felipe Guevara (RN), señaló que el ataque de encapuchados a microbuses del Transantiago constituía una “violación de los Derechos Humanos” (DDHH). Muchos entendieron, quizás cómicamente, en los DDHH de los microbuses, pero Guevara apuntaba a los usuarios/pasajeros del transporte de superficie. De forma se fuerza la realidad para mover el concepto de DDHH y tratar de convencer a la población que actos de delincuencia, sabotaje y/o violencia política urbana son iguales a violaciones de DDHH y, por ende, criminalizar toda acción contestaria al sistema. Es el viejo lema y táctica del nazismo, ya que el concepto universal de DDHH está asociado cuando un Estado y/o grupo de agentes afines al Estado o ideología a fin, incurren en una coordinación, planificación y ejecución de atentar contra la vida física y/o psíquica de una o un conjunto de personas. Lo que hoy se discute es si sólo debe haber una decisión o toma de razón concreta para catalogar como violaciones de los DDHH o si de forma tácita, sin orden superior jerárquica, estatal o grupal, es igualmente penable dichos actos: Piñera, Carabineros, PDI y militares en el estallido social.

Y las falsificaciones siguen, ejemplo, la ignominia histórica extrema en considerar la revolución mexicana como “socialista” (sin ninguna fuente), cuando cumplió un papel progresivo al redistribuir las tierras a los campesinos pobres y contemplar derechos sociales a las/los trabajadores, pero desde una perspectiva nacional-populista y no socialista. Igualmente, si bien la crisis económica de 1929 vio el colapso del liberalismo anti-estatal, éste se abrió a un Estado interventor por la influencia del “socialismo soviético” que iba adquiriendo a nivel mundial. Mas considerar a J.Keynes, padre del intervencionismo estatal, como “socialista” es no entender la función pro-estatización de las burguesías nacionales para intentar frenar las revoluciones sociales y así otorgar beneficios sociales sin abolir el conjunto de la propiedad privada capitalista. Y así, la post-guerra (II Guerra Mundial) vería una izquierdización del mundo con la intervención estatal que para Merbilháa todo es “socialista” y por lo tanto espurio.

No obstante, no todo el análisis de la autora es reprochable, pues hay que otorgarle un crédito a su favor. Para ella, y coincidimos plenamente, existe una “revolución en curso” que tiene como objetivo botar a Piñera y tomar el poder. Sin embargo, atribuye al Partido Comunista y “radicales del Frente amplio” (sin Boric) un papel revolucionario al negarse a firmar el “Acuerdo por la Paz”, siendo incapaz de ver el reacomodo político de estos partidos al tratar de legitimarse ante la calle en protesta, mas llevando la lucha dentro del régimen democrático-burgués, con la tesis de ruptura democrática. Una democratización de la democracia (neo)liberal-burguesa dentro y en el régimen actual de instituciones.

Mas las grandes alamedas retornan los miedos de la ultra-y-derecha, el fantasma de la revolución en Chile. ¿Cómo será dicha revolución? Es un proceso abierto y con elementos heterogéneos, pero hay que tomar un punto como eje central: el neoliberalismo chileno ha llevado al extremo las relacionales sociales en la vida pública y privada del pueblo explotado y oprimido, unido a la concentración de la riqueza y propiedad privada capitalista, no existen espacios para reformas sociales. La burguesía chilena es ideológica, aunque ha tendido al pragmatismo para acomodarse a la situación post-estallido social, porque, de lo contrario, significaría modificar la propiedad privada capitalista y no está contemplando hacer concesiones sociales a favor del pueblo trabajador. Así, las demandas económico-sociales (Dignidad) están interrelacionadas a la crítica/denuncia de la deslegitimidad y crisis de representatividad del régimen democrático-burgués (Chile despertó), siendo incapaz de procesarlas en sus instituciones legales.

Fantasías del “Plan Zeta 2.0” en la ultraderecha

Marx señalaba que la historia ocurre de dos formas, primero como tragedia y luego como una miserable farsa o comedia. Y la función principal en esta “comedia teleológica neoliberal” la tienen las fantasías ultraderechistas que deslizan una neuropsicosis ante el fantasma del marxismo, concretamente el artículo “Una hidra de mil cabezas. Especulaciones sobre el origen del estallido social” de Cristián León González.

Ante una realidad adversa en lo político y social, la ultraderecha toma fragmentos de ella, uniéndolos a su causa final más la memoria oficial de la Transición, para crear una amalgama teórica llamada “marxismo cultural” como responsable del malestar que rodea Chile y al mundo. Éste sería el producto de la convergencia intelectual de varios filósofos europeos de tendencia crítica y/o (ex) izquierdistas, los cuales desde las Universidades y/o centros de pensamiento influencian la “socavación de los valores y formas establecidas contra la historia e identidades nacionales” (sic).

Gramsci, Marcuse, Habermas, Guattari, Deleuze, Derridá, Negri y Hardt son los pensadores que influenciarían a las actuales generaciones de luchadores/as, cuyo fin es crear una nueva cultura o hegemonía. Para esto, las subjetividades de las identidades del presente, el deseo fundante y la multitud sin nombre, partido u organización, basada en interés de la inmediatez, acciona un contrapoder anticapitalista de pequeñas células autónomas para cambiar el sistema desde las propias personas. Violencia, caos y anomia, algo muy tradicional en el lenguaje ultraderechista.

Para Merbilháa, los responsables de difundir dichas ideas son los apátridas “historiadores marxistas” del presente, utilizados por los/las profesores de Historia y Filosofía en las escuelas, colegios y liceos. Paradojalmente, dicha autora exige mayor nivel cultural en la sociedad escolar, aumentando la valorización de las Humanidades como ejercicio de “freno anti-totalitario” (siempre la izquierda, anarcos y lumpen), a través de la memoria oficial. Recordemos que la ex Ministra de Educación, Marcela Cubillos (UDI) de reconocida tendencia ultraderechista, modificó los programas de estudio de la Enseñanza Media y eliminó la obligatoriedad, dándola a electivo, de Historia y Filosofía en 3° y 4° medio. Era su labor contra el “marxismo cultural”; se debe pensar y hacer lo que el Estado capitalista dice.

Al respecto sobre el “marxismo cultural” se pueden señalar varios aspectos. Tales intelectuales referenciados, al exceptuar Gramsci, no así sus seguidores, tienen una base social pequeño-burguesa o profesionales medios de Universidades, por lo cual han hecho su vida académica desde el conocimiento científico entre sí mismos. Es decir, el marxismo militante y revolucionario elabora su política examinando la realidad contraponiendo en práctica concreta (huelgas, tomas, elecciones, etc) dicha política social. El eje central es la organización, lucha y desarrollo de conciencia de clase. De la experiencia se hacen balances de aciertos y errores, modificándose las orientaciones políticas, pero siempre mediada por el análisis concreto de la situación concreta. Por el contrario, en este “marxismo cultural” dicha intelectualidad universitaria produce conocimiento a partir de razonamientos parciales, fraccionados e individuales, ya que no tiene un vínculo real y concreto con la clase trabajadora sino con estudiantes de múltiples orígenes. Dichos intelectuales se sostienen en las reglas del capitalismo, pues su “teoría crítica” es aceptada y validada por éste, a razón de la derrota política del marxismo militante y revolucionario, y su adhesión a la posmodernidad. El “marxismo cultural” es azúcar disuelta en agua que no cambia el estado líquido. Como decía Lenin, marxista es quien reconoce la lucha de clases y la organiza, el “marxismo cultural” es vacuidad: azúcar y humo posmoderno que se dispersa en la mañana.

Es posible reconocer que parcelas de grupos minoritarios y de notado sectarismo están influenciados por dichos autores anteriores, pero se construyen a partir del método estudiantil (ultimatista, impresionista, formalista, existencialista), pero elevar el estallido social a una categoría de “marxismo cultural” es sobredimensionar una realidad espontánea y heterogénea. Sí, hay elementos de los autores que se reflejan como espejo en las acciones del estallido social, pero pensar que el conjunto del pueblo explotado y oprimido sigue conscientemente dichas ideas, es una falsificación con tintes de delirio (paroxismo) al fantasma del marxismo. La ultraderecha sigue un análisis superficial y mecánico de causa-efecto por su deformación teleológica neoliberal, es decir, hacer calzar los hechos del estallido social con la teoría que reconoce como enemiga.

“El fantasma, el marxismo, Chile 1973…., no pueden no estar organizados, son cubanos-venezolanos…”, así el llamado “marxismo cultural” es la cara política y visible de un elaborado nuevo Plan Zeta 2.0 que tendría la izquierda, anarcos y lumpen contra el pragmático neoliberalismo criollo.  El centro sería atacar “desde arriba” la superestructura, por medio de la hegemonía cultural (Gramsci) y, “desde abajo”, socavando la infraestructura por profanación hacia el caos y el terror (anarquistas). Y como siempre, ayudados por las fuerzas extranjeras. Una película bien montada en un argumento dado desde fines del siglo XIX, con los primeros movimientos de protesta social o los 10 mil guerrilleros cubanos en la UP (que Merbilháa todavía sostiene). Como dice el dicho popular: “A otro perro con ese hueso”.

No obstante, el autor estructura un eje central sobre tres tipos de crisis que expresarían el actual estado de situación política nacional. En primer lugar, una “crisis de (des)orden espiritual”, una crítica tibia al modelo neoliberal a partir de una moral limpia como ideal de altruismo, austeridad, originalidad del capitalismo, pero desvirtuado por el economicismo tanto de las autoridades políticas como ciudadanos. Así, el “todos somos culpables” de nuestras falencias pasa como nadie es responsable, desvinculando al sistema capitalista, productor de las desigualdades sociales actuales, por una moral idealista. Mas la tendencia del autor es culpabilizar a los ciudadanos por la pérdida del Ser y ejercer su función política desde una espiritualidad metafísica de sabiduría e integridad. Básicamente, el pueblo o ciudadanos no es culto, instruido y genera su propia ignonorancia ante el neoliberalismo. La culpa siempre es de otros, dice quien se victimiza.

En segundo lugar, señala una “crisis de (des)orden intelectual”, conectado con lo anterior, en la precariedad de la educación en la población, pues no tendría la capacidad de razonar y distinguir entre lo verdadero (capitalismo) y falso (marxismo cultural) o absoluto (libertad) y relativo (igualdad). Así, el pueblo explotado y oprimido se vería capturado por un “progresismo radical” y colonizado por el lenguaje, a partir de las identidades y subjetividades del hoy. Sumado a ello, la interconectividad de las redes sociales como posverdad y emocracia (emociones) para desvirtuar la realidad (natural) a su beneficio político. Desde una pedantería y despreciativa de la experiencia socio-política del pueblo trabajador, León González, reitera que el pecado original está en quien en lucha y no producto de un tipo de educación aprendido por el sistema capitalista donde interactuamos. Las herramientas que tenemos son las que heredamos en donde vivimos, mas, en última instancia, podemos decidir cuándo se termina ese tipo de relación social con determinado “orden natural de las cosas”: ¡No son 30 pesos son 30 años!. Pedir al victimario, saber o conocer la realidad del otro es desestructurar su identidad y redes políticas capitalistas que lo sostienen hoy en su comodidad académica pequeño-burguesa.

Y, en tercer lugar, una “crisis de (des)orden moral” que sintetiza las crisis previas en insidias al reducir una respuesta, ya sabida de antemano, donde el actual “desorden de la normalidad” se debería a una “euforia orgiástica y alegría embriagante del pueblo en lucha” (sic). De esta forma, el autor, con un moralismo de la virtud, pretende “diferenciarse de las bestias” (sic) que han sido manipuladas por el radicalismo y/o marxismo cultural y que se abren al “populismo de la igualdad”. Lo anterior es el ADN de la ultra-y-derecha chilena, una manipulación unilateral, sin contexto histórico, sobre populismo e igualdad, asociados a una propiedad inexistente de igualdad en la naturaleza, ya que es jerárquica y diferenciada. Bajo nivel cognitivo, diría un comediante chileno, sin saber diferenciar entre “cada quién según su necesidad y capacidad” versus stalinismo (“socialismo” real), para quién aparece como intelectual orgánico de ultraderecha.

Así, el pueblo en lucha y la izquierda, en particular, sería la expresión de una “banalidad del mal”, un ejercicio de desarraigo del orden normal de las cosas por medio de manipulaciones y anestesia social para fines no nobles. Como un padre, León González dicta pauta de qué se debe pensar y hacer, invalidando nuestra experiencia real y concreta con el capitalismo, para reencausar al hijo perdido a su prístina naturaleza. La bancarrota de este padre-ausente, que durante años abandonó a su hijo/a y luego retorna para dictar cátedra de vida, sin hacerse responsable de los años previos, no es más que un fugaz intento de conservar su autoritarismo lineal y capitalista. El camino emprendido desde Octubre de 2019 ha sido hacernos cargos desde lo político, social, cultural y mental para buscar una experiencia propia opuesta y /o antagónica contra el neoliberalismo criollo. ¡Chile despertó!

Mas faltaba un ingrediente más dentro del sofisticado nuevo Plan Zeta de la izquierda chilena, cómo derribar/degradar la democracia -innata, pura, natural, normal—y la sacrosanta propiedad privada capitalista. El mal está en los movimientos sociales que protestan por reformas que rompen la “cordura y sensatez” de la Transición y la propuesta de democracia de los acuerdos 2.0, remasterizada con políticas anticorrupción, disminución del fundamentalismo de mercado y rechazo del “igualitarismo totalitario”, una tecnocracia de políticas públicas y restablecimiento de la Paz y del Estado de derecho. Una aspirina de León González para un cáncer capitalista que desborda metástasis de un malestar general.

El primer punto para derribar las democracias es un marco analítico esquemático, el método de “la ventana de Overton”, un cambio de percepción de la opinión pública generado por la izquierda y el radicalismo para beneficio propio. Paradoja ultraderechista, pues en este punto hay que saber leer el mensaje oculto que advierte a sus pares sobre cuál es la realidad que ellos ven, para dejarles a sus pies el cómo hacerle frente. Una manipulación más tendiente a la criminalización, estigmatización y desvalorización de la protesta social.

Dicha ventana de Overton consta de cinco puntos:

1. “de lo impensable a lo radical”, donde lo negativo pasa a una aceptación positiva y abierta por alguna comprobación científica y posterior creación de grupo radical. Un ejemplo burdo que da el autor es la aceptación del canibalismo o antropofilia por grupo radical. El mensaje es claro, el autor iguala estas acciones previas con el movimiento o protesta actual y la función crítica y ruptura con el capitalismo neoliberal. Otro ejemplo sería el feminismo y su lucha contra el machismo, el retiro del 10% de AFP, impuesto a grandes fortunas, royalty minero o expropiación de las 10 familias.

2. “de lo radical a lo aceptable”, aprobación de lo impensable y radical por grupo de presión y medios de comunicación que limpian lo negativo de aquello por una validación científica, legal (leyes) e histórica (hoy). Exclusión de los oponentes por ser fanáticos. Aunque se centra en el ámbito “carnívoro”, lo podemos ejemplificar con el aborto legal, seguro, estatal y gratuito para las mujeres o incluso el cambio de relaciones de poder en el hogar. A contracorriente, la ultraderecha desplazada del debate por anacrónica y conservadora, ejemplo, J.A. Kast, Tere Marinovic, Axel Kaiser, Henry Boys, etc., que pugnan por una “libertad de opinión” bajo criterios de supremacismo, xenofobia, discriminación, racismo, machismo, etc.

3. “de lo aceptable a lo sensato”, similar al punto previo, sólo añade la conversión de la inaceptable a aceptable y a derecho: un ejemplo, el aborto por tres causales.

4. “de lo sensato a lo popular”, es decir, medios de comunicación más gente famosa y autoridades políticas que acreditan lo positivo de lo anteriormente negativo y difusión amplia. Lo negativo se presenta como víctima de una sociedad represora, por lo cual hay que cambiarlo. Ejemplo, las campañas contra la violencia de género y sexista, la crítica al machismo y el rol igualitario de la mujer frente el hombre.

5. “de lo popular a lo político”, apertura total a legalización de lo antes negativo devenido en positivo, asimismo los grupos de presión incorporados al poder (legalizando cambios por encuestas de opinión) y la creación de un nuevo dogma, “prohibición de las prohibiciones antiguas”. Machismo y autoritarismo; retiros del 10% de AFP, serían algunos ejemplos.

No obstante, aún hay un último ingrediente en esta fantasía ultraderechista, como diría un pequeño sabio popular: “nunca espero nada de ustedes y aún así logran decepcionarme”. Para este sector político, el estallido social constituye un “golpe suave”, teorizado por un politólogo ruso, como método para derribar gobiernos desde “las fuerzas de oposición en las sombras” (sic). Consta de cinco etapas: acciones para generar y promocionar clima de malestar; campaña en defensa de la libertad de prensa y Derechos Humanos y acusación de totalitarismo del Estado de derecho; lucha social activa y promoción de la violencia y amenaza a instituciones; guerra sicológica, desestabilización y clima de ingobernabilidad; forzar renuncia de Presidentes por revueltas callejas, preparación de intervención militar, guerra civil prolongada y aislamiento internacional.

De lo anterior, Chile se encontraría en la cuarta etapa, “guerra sicológica, desestabilización y clima de ingobernabilidad”, pero siendo imposible -para el autor- el asalto al poder porque hay una votación legítima hacia Piñera (54,58%), manipulación electoral en beneficio propio cuando 2/3 no votaron por él o se abstuvieron; la oposición radical sin unidad ni líderes visibles que capitalicen el movimiento; nulo apoyo de las Fuerzas Armadas; y la diplomacia de los acuerdos entre Gobierno y oposición democrática unida por el “Acuerdo de Paz” y aislamiento de la oposición ideológica y radical.

Sintéticamente, lo anteriormente descrito sobre la lógica ultraderechista nos hace recordar la base de su todo su precario, autocomplaciente y finalidad neoliberal del análisis, el cual se sustenta en un esquema parcial o limitado de las luchas del siglo XX y XXI, mas cuya función es convertirse en un manual legible y legítimo de fantasías inconexas contra la realidad socio-política del pueblo trabajador. Este nuevo Plan Zeta es la copia falsificada y comedia del Plan Zeta de 1973. De hecho, no hay que ser ingenuo y debemos leer al revés el texto, pues es la obra cúlmine del golpe de Estado contra Allende. La “ventana de Overton” y las cinco etapas del “golpe suave” son los métodos que maneja la (ultra)derecha. Nos ponen de sobre aviso como actuarán cuando sus intereses estén en peligro.

Dime con quién andas y te diré quién eres

¿Por qué dice lo que dice este texto? ¿Con quién está dialogando? Son preguntas que siempre nos debemos hacer en la lectura de cualquier escrito. En este sentido, el presente libro corresponde a la óptica ultraderechista de un sector senil o anciano del empresariado capitalista, el cual resiste ante el fin de su época y la primacía de una nueva primavera en la revolución chilena. Éstos están relacionados por redes políticas (ultra)conservadoras y endogámicas, primando el culto al machismo y autoritarismo militar, la invisibilización del malestar social con el neoliberalismo, la deslegitimidad de las demandas sociales, la exclusión y represión hacia las/los luchadores, entre otras.

Esta obra cumple una función política al tratar de re-ordenar el “vacío intelectual” de la (ultra)derecha con la realidad político-social del pueblo en lucha. Hijos/as de la Guerra Fría buscando justificar el hoy a partir del pasado, reproduciendo sus propios miedos, terrores y pánico contra el marxismo y la revolución. Así, esta pretendida investigación histórica se torna en una sicosis interpretativa, donde prima su finalidad neoliberal y capitalista, con una forma de indagar/buscar el pasado con la memoria oficial de la Transición. Un ejercicio intelectual básico, narcisista, sin opinión crítica y con manipulaciones-falsificaciones, propio a unos académicos universitarios que reproducen dicha lógica porque es su sustento económico-social de clase.

No obstante, no hay que creer que sea un hecho aislado, por el contrario, la ultraderecha chilena responde al fenómeno internacional de la ultraderecha con la “era Trump”, donde todo el análisis sobre el “marxismo cultural” ha adquirido un estatus de “verdad o veracidad”. Es tal la precariedad de la oligarquía y burguesía chilena, en ser incapaz de pensar con cabeza propia, que debe buscar en el extranjero sus referentes políticos para examinar la realidad nacional, como Gloria Álvarez, Agustín Laje, entre otros. Ejemplo de lo anterior se concretó en el Seminario “Socialismo, populismo y democracia: Presente y Futuro”, realizado el 2018 por la Fundación para el Progreso (FPP), con la participación de la Pontifica Universidad Católica de Chile (PUC), el cual contó dentro de sus “intelectuales” al novelista M. Vargas Llosa y Axel Kaiser[6]. Dicha FPP es propiedad del ex dueño de supermercados Líder, Nicolás Ibañez, reservista de la armada y reconocido ultraderechista, agrupando a los ilustres renegados, Marcelo Rojas (ex MIR) y ex Ministro de Cultura; Roberto Ampuero, ex PC y Embajador de Chile en el Estado Español; y Geraldo Varela, ex Ministro de Educación bajo el actual gobierno de Piñera.

Mas es necesario señalar que no solo esta lógica se reproduce en la senil clase capitalista, sino de igual forma en un sector neofascista pequeño-burgués y popular, preferentemente hombres “blancos”, como Capitalismo Revolucionario, Aun Tenemos Patria, Arañas Negras, Movimiento Social Patriota, el APRA, entre otros. Pauperizados en lo social, desvinculados en lo orgánico de las redes políticas capitalistas, desacreditados en su identidad machista y autoritaria, fervientes “anticomunistas, anti-anarquistas, antifeministas”, etc., son el componente de choque/enfrentamiento físico con el activismo social. Beben y beberán de esta obra para hacer el trabajo sucio de la (ultra)derecha política y militar como “la verdad develada”.

Retomando a Hahn, podemos decir, si bien los espectros han retornado, sabemos quiénes son, qué piensan, cómo se mueven, cuáles son sus redes políticas y qué están dispuesto hacer con sus armas. El campo de batalla contra la muerte está abierto… Un fantasma recorre Chile, el fantasma de la revolución socialista.

Hank Escorpio


[1] Véase, Secretaría General de Gobierno. Libro Blanco del cambio de régimen en Chile. 11 de septiembre de 1973. Santiago de Chile, Editorial Lord Cochrane, s/a. Una obra de similar característica de Hernán Millas. Anatomía de un fracaso (la experiencia socialista chilena). Santiago de Chile, Editora Zig-Zag, 1973. Aún es posible encontrarla en algunas librerías. La contra respuesta a Vial, véase Sergio Grez y Gabriel Salazar (comp). Manifiesto de Historiadores. Santiago de Chile, LOM Ediciones, 1999.

[2] Ver artículo El Líbero, prensa al servicio del empresariado y de la represión contra los luchadores, María Rivera y el MIT | MIT (vozdelostrabajadores.cl)

[3] Aclaración sobre artículo publicado por La Tercera: un error del que nos hacemos cargo – La Tercera

[4] Fiscal Guerra: «Es imposible que se aclaren todos los hechos relativos al Metro» debido a «precariedad de antecedentes» | Emol.com

[5] Ver Albert Soboul. La revolución francesa. México, D.F., Editorial Diana S.A., 1967.

[6] Ver https://www.uc.cl/noticias/encuentro-sobre-socialismo-populismo-y-democracia-reunio-a-premios-nobel-politicos-y-ciudadanos/

1 COMENTARIO

  1. Los trotskystas leemos la RF desde Daniel Guérin y no desde Soboul, quien era de los círculos del PC francés.
    También somos capaces de rectificar las idioteces sobre la revolución inglesa que dice la ultraderecha (como si Crommwell, John Lillburn y Winstanley no hubieran existido)…

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