Hace pocos días, una encuesta[1] apuntó que 55% de los entrevistados creen que el llamado “estallido social” fue más negativo que positivo para el país. En julio de 2020 ese porcentual no pasaba de los 33%. Si bien los resultados de la encuesta y su metodología son cuestionables, no es difícil darse cuenta de que entre la propia clase trabajadora el apoyo a las protestas sociales disminuyó y que muchos creen que el 18 de octubre “terminó en nada”.

Tampoco es difícil entender esa decepción con las protestas. Millones hemos salido a las calles, tuvimos muertos, miles de heridos y mutilados, se eligió un presidente joven y de un partido que nunca había gobernado el país, se realizaron más de 10 elecciones en todos los niveles, siendo 2 de ellas para procesos constituyentes… y nada cambió. La vida solo empeoró. Vino la pandemia, la inflación, los cierres de empresas, el aumento de la violencia, etc. El gobierno que prometía que iba a mejorar la vida hace todo igual a los gobiernos anteriores. Boric, que antes era un gran crítico de los “30 años”, ahora solo suma más años a la cuenta.

Además de eso, durante los últimos 4 años también fuimos bombardeados por la propaganda de los grandes empresarios y sus defensores (políticos, periodistas, académicos, etc.). Este discurso es muy sencillo: el país iba en buen camino hasta que llegó el 18 de octubre y tiró todo lo conquistado por la borda.[2] Se abrieron, entonces, las puertas del infierno. Según ellos, la Convención Constitucional, con constituyentes de ultraizquierda, intentaron refundar el país sin saber lo que estaban haciendo.  Afortunadamente, según esa visión, esa Constitución “refundacional” fue rechazada por los chilenos “patrióticos” y de “buenas costumbres”. El “Rechazo” entonces sería la demostración de que los chilenos quieren más 30 años de capitalismo neoliberal.

El propio gobierno del Frente Amplio/PC, que prometía cambios, se sumó con fuerza al discurso criminalizador de las movilizaciones de octubre. Este discurso tuvo efecto en un sector no pequeño de la clase trabajadora, que cambió de apoyar las protestas a atacarlas. En ese marco, el gobierno justificó que no podría hacer mucho, solo dar algunas migajas y retomar el camino de los acuerdos de la época de la Concertación.

Junto con esa propaganda, la clase trabajadora escuchó repetidamente la idea de que los presos políticos eran delincuentes, que los mapuche son violentistas y que nada se puede conquistar con violencia. La ausencia en el país de una verdadero partido revolucionario que disputara la conciencia de las masas permitió el avance sin contrapeso de este discurso.

Por otro lado, muchos de los que no aceptaron ese discurso, creyeron que con la Nueva Constitución plebiscitada en 2022 el país iba a cambiar. Este sector fue duramente golpeado después de la victoria del Rechazo.[3]

Esta combinación de factores explica la confusión, la decepción y el retroceso en la conciencia en amplios sectores la clase trabajadora.

Sin embargo, por contradictorio que parezca, la misma encuesta que citamos anteriormente tiene otro dato importante: 67% de los entrevistados creen que hoy existen más motivos que antes para manifestarse (la cifra era de 60% en 2022). Algo parece no tener sentido. Si las protestas fueran negativas para el país, ¿cómo entender que las personas dicen hay más motivos para manifestarse? Explicar esta supuesta contradicción nos hará entender, en gran medida, la situación actual de Chile: la contradicción entre la conciencia y las necesidades materiales de la población, que en nada han cambiado.

La cuestión de la conciencia

Para profundizar en este problema, queremos volver brevemente a uno de los procesos revolucionarios más importantes de la historia: la Revolución Rusa.

En su magnífico libro La Historia de la Revolución Rusa, Trotsky trata del problema de los cambios de conciencia de la clase trabajadora. Con una capacidad increíble de penetrar en la psicología de las masas, narra los cambios en la disposición de lucha de los trabajadores, con sus avances, retrocesos, decepciones, enojos, angustias, etc.

Escribiendo sobre el periodo que va de la primera revolución rusa, en 1905, hasta la segunda en 1917, Trotsky plantea:

“Estos flujos y reflujos bruscos de la lucha de masas hacen que el proletariado ruso parezca cambiar de filosofía en el transcurso de unos cuantos años. Fábricas que dos o tres años antes se lanzaban unánimemente a la huelga con motivo de cualquier acto de arbitrariedad policíaca pierden de pronto su empuje revolucionario y dejan sin respuesta los crímenes más monstruosos del poder. Las grandes derrotas producen un abatimiento prolongado. Los militantes revolucionarios pierden autoridad sobre las masas. En la conciencia de éstas vuelven a aflorar los viejos prejuicios y las supersticiones aún no esfumadas. […] Los escépticos menean irónicamente la cabeza. Tal fue lo que aconteció en los años 1907 a 1911. Pero los procesos moleculares se encargan de curar en las masas las lesiones síquicas. Un nuevo giro de los acontecimientos o un impulso económico subterráneo abre un nuevo ciclo político. Los elementos revolucionarios vuelven a encontrar quien les preste oídos, y la lucha se enciende de nuevo y con mayores bríos.”

O sea, según Trotsky, en pocos años la misma clase obrera pasó de momentos revolucionarios a momentos conservadores, de la lucha a la pasividad, de tener certezas a rendirse a sus inseguridades. Esta misma clase obrera será la que se pondrá a la cabeza de la principal revolución del siglo XX, iniciando el camino al socialismo.

Pero ¿por qué esos cambios suceden? ¿Por qué fue posible que esa clase obrera fuera la vanguardia de la revolución? Trotsky también responde a esas preguntas. En primer lugar, explicando que la conciencia de los trabajadores no es algo sólido, inmutable. La conciencia es flexible, maleable y cambia según los acontecimientos y las condiciones materiales. En segundo lugar, que esa conciencia tiene relación con las condiciones materiales de vida, las que determinan, a su vez, los cambios en esta misma conciencia. En el caso ruso, por ejemplo, las guerras, el hambre, la opresión del zarismo y otros elementos posibilitaron que la clase obrera se levantara, independientemente de sus derrotas y desmoralizaciones anteriores. En tercer lugar, esa clase obrera solo pudo ser conducida a un camino revolucionario debido a la existencia de una vanguardia organizada entre los trabajadores, de hombres y mujeres que pudieron sacar conclusiones de las victorias y derrotas anteriores y liderar las masas por un camino que permitiera la conquista de sus demandas. Esa vanguardia estaba organizada en un partido, el partido bolchevique.

Este método de entender la realidad utilizado por Trotsky, el método marxista, nos permite también comprender lo que está pasando en Chile hoy y discutir cuáles son los próximos pasos de nuestra lucha.

Por lo que expusimos anteriormente, no es difícil entender por qué la mayoría de los trabajadores tiene una percepción negativa del estallido social y al mismo tiempo dice que hay más motivos por los cuales manifestarse. Debido a la derrota parcial del proceso que se abrió el 18 de octubre, la conciencia de los trabajadores e incluso de su vanguardia retrocedió, abriendo mayor espacio para ideas burguesas, supersticiones, prejuicios, e incluso, en el caso de algunos grupos minoritarios, para acciones descolgadas de las masas. Sin embargo, mientras la conciencia se encuentra en un “pantano”, las condiciones materiales de vida (necesidades) siguen empeorando. Los precios subieron, hay más personas sin vivienda, la violencia creció, se intensificó la represión a la lucha social, el endeudamiento de las familias volvió a aumentar, las jornadas de trabajo son agobiantes, etc.     

Estas condiciones materiales son las que inevitablemente llevarán a nuevas luchas sociales e incluso a nuevos estallidos, ya que los gobiernos burgueses (sean de derecha o dichos de izquierda) no solucionarán los problemas del país. Esto hoy ya se evidencia en distintas luchas de profesores, trabajadores de la salud, portuarios, pobladores, etc. Aunque estas luchas todavía no sean masivas, esto es cuestión de tiempo. Por ello, si hoy existe pasividad y decepción en amplios sectores de nuestra clase, los revolucionarios y los activistas que quieren cambiar el país, debemos tener calma y paciencia, tratando de entender las tareas que tenemos de aquí en adelante.

¿Cuáles son las lecciones del 18 de octubre?

Pero solo tener calma y paciencia no sirve. No tenemos dudas que las grandes luchas volverán, pero el problema central es: ¿cómo triunfar en un próximo estallido o proceso revolucionario de masas? Para responder a esa pregunta, debemos sacar las lecciones de las últimas movilizaciones, sus aspectos positivos y negativos. Este fue el método de Lenin y Trotsky que les permitió, después de la derrota de la revolución de 1905, dirigir la revolución de 1917.

La primera lección importante del llamado “estallido social” es que la violencia de las masas fue necesaria para sacudir el país y los de arriba. Sin la violencia expresada el 18 de octubre y los meses posteriores, los políticos burgueses y grandes empresarios no hubiesen movido un dedo. Fue la rabia popular y la autodefensa contra la policía y los militares que hizo que el gobierno de Piñera retrocediera y tuviera que dar concesiones a las masas. Aquí hablamos de violencia de masas, no de pequeños grupos que realizan acciones descolgadas. La acción de la Primera Línea y el apoyo de un sector enorme de la población a la autodefensa fue fundamental para poner a todo el régimen político en crisis, incluso a las instituciones militares y a la policía. La masividad de las marchas hubiera sido insuficiente para lograr cambios (esto ya era evidente después de años de enormes movilizaciones pacíficas contra las AFPs, por los derechos de las mujeres, etc.). La violencia de masas también demostró que las Fuerzas Armadas y de Orden no son invencibles y que empiezan a temblar cuando el pueblo se levanta.[4]

Primera línea cerca de Plaza Dignidad, Santiago

La segunda lección fundamental es que durante ese proceso revolucionario las masas buscaron nuevas formas de organización, independientes de los partidos políticos e instituciones tradicionales. Así, en casi todo el país, surgieron asambleas populares/territoriales y cabildos. Algunos de esos espacios fueron cooptados por las municipalidades, pero éstos fueron la excepción. Se produjo un enorme proceso de autoorganización de masas en los territorios y también en miles de nuevos colectivos de mujeres, de juventud, de ciclistas, etc. Este proceso de autoorganización de las masas es una de las características de las revoluciones y pueden ser embriones del futuro poder obrero y popular, como fueron los soviets en Rusia o los cordones industriales en Chile de los años 70. Estas formas de organización deben volver a aparecer en un próximo proceso revolucionario y debemos estimularlas y coordinarlas entre sí. Uno de los límites de este proceso fue su carácter limitado al aspecto territorial, ya que la clase obrera, como clase, no pudo superar sus direcciones sindicales y crear espacios de autoorganización a partir de sus lugares de trabajo.

La tercera característica importante fue el rol jugado por la Mesa de Unidad Social [MUS] y la huelga general de 12 de noviembre. La Mesa de Unidad Social fue un espacio muy importante de articulación entre sindicatos, federaciones, la CUT, organizaciones de juventud, movimientos sociales de mujeres, NO+AFP y varios otros. La MUS convocó el paro general de 12 de noviembre de 2019, que jugó un rol fundamental en el proceso revolucionario. Ese día, el país fue sacudido por la paralización de los transportes, portuarios, salud, educación y de muchas empresas privadas. Esta paralización se combinó con la furia popular: saqueos, ataques a cuarteles y comisarías y duros enfrentamientos con la policía. En Santiago la lucha contra la policía en frente al Palacio de La Moneda duró varias horas. El centro de la capital se transformó en un campo de batalla. La huelga general (que no llegó a paralizar a todo el país debido al rol de las burocracias sindicales) fue lo que obligó a los partidos del régimen, desde la UDI al Frente Amplio, a negociar un Acuerdo para realizar una Asamblea Constituyente (Convención Constitucional). Ya sabemos que ese Acuerdo venía con muchas trampas que no permitirían a esa Constituyente cambiar de fondo la realidad del país. Sin embargo, fue la fuerza del 12 de noviembre que conquistó la Convención Constitucional.

Sin embargo, después del 12 de noviembre, los partidos políticos del régimen, incluido el Partido Comunista, movilizaron todas sus fuerzas para acabar con las movilizaciones y canalizar el descontento hacia la democracia burguesa, o sea, hacia la nueva Constituyente. El PC, y consecuentemente la CUT y los sindicatos dirigidos por este partido, abandonaron la consigna de Fuera Piñera y desmovilizaron la Mesa de Unidad Social. Cuando era el momento de convocar a una huelga general indefinida para tumbar el gobierno, el PC traicionó, otra vez más, la lucha social. La política de canalizar las movilizaciones hacia la Convención Constitucional también sirvió para desorientar a las Asambleas populares y hacerlas desaparecer. Esta es la tercera gran lección.

Mesa de Unidad Social convocando al paro general de 12 de noviembre de 2019

El cuarto elemento, consecuencia del anterior, tiene que ver con el régimen político y sus partidos. El Acuerdo por la Paz demostró que cuando la democracia burguesa corrupta está en peligro, todos los partidos burgueses y pequeñoburgueses (UDI, RN, PS, FA, PC) se unen para defenderla. El Acuerdo por la Paz sirvió para salvar a Piñera, salvar al Congreso y todo el aparato estatal e impedir que la nueva Constituyente cambiara de fondo la realidad de Chile. Así, esos partidos jugaron un rol contrarrevolucionario al sostener el régimen burgués y el capitalismo neoliberal chileno.

El quinto elemento fundamental es que las masas no tenían una dirección revolucionaria que estuviera a la altura de los acontecimientos. Cuando hablamos de una dirección revolucionaria hablamos de miles de trabajadores, mujeres, jóvenes que estuvieran organizados bajo un programa revolucionario y que pudiesen conducir ese proceso hacia la caída de Piñera, la conquista de una Asamblea Constituyente libre y soberana y a la toma del poder por la clase trabajadora y el pueblo. Una de las características del 18 de octubre fue la espontaneidad de las movilizaciones, sin dirección y sin un petitorio claro. Si bien ese aspecto fue progresivo en su inicio, ya que dificultó la conducción por parte de los partidos del régimen, después se transformó en negativo, pues no pudo tener una conducción a la altura de las necesidades.

En sexto lugar, relacionado al problema de la dirección, tiene que ver con el programa. Es verdad que el “estallido social” expresó varias demandas populares, como el fin a las AFPs, el derecho al aborto, la devolución de las tierras al pueblo mapuche, la Asamblea Constituyente, etc. Sin embargo, creemos que este programa se demostró insuficiente para conquistar cambios. Esto porque no existía la comprensión profunda entre las masas y principalmente entre la vanguardia del proceso de que para realizar todas esas demandas es necesario acabar con el poder de los dueños del país y de las transnacionales sobre el conjunto de la economía. Para tener salud y educación públicas es necesario nacionalizar el cobre; para tener seguridad social digna es necesario expropiar a las AFPs; para devolver las tierras al pueblo mapuche es necesario expropiar a las empresas forestales… y para hacer todo eso es necesario que la clase trabajadora tome el poder en sus manos, ya que ninguno de los partidos de derecha o de izquierda hoy en el Parlamento lo van a hacer y tampoco ninguna Asamblea Constituyente que respete este régimen político podrá hacerlo.

En nuestra opinión, estas 6 lecciones son decisivas para que no repitamos los mismos errores de antes y podamos llegar a buen puerto en las próximas movilizaciones sociales. Desde el MIT creemos que es urgente construir esa dirección revolucionaria que pueda conducir un próximo proceso revolucionario en Chile. Estamos hablando de construir un partido político. No un partido político como todos los demás, sino un partido político revolucionario, que tenga como prioridad la organización, educación y movilización de las masas, con independencia de clase y que apunte hacia el socialismo, y no la estrategia de disputa parlamentaria por dentro del régimen político burgués.[5] Un partido que pueda organizar a los sectores de vanguardia de la juventud popular, de la clase obrera, de las mujeres trabajadoras, para luchar por la conquista del poder para nuestra clase, única forma de solucionar a fondo nuestras demandas. Hoy el principal obstáculo que existe en nuestro país para construir esta organización es el Partido Comunista, que busca encauzar todas las luchas a su estrategia de confianza y colaboración con sectores burgueses “progresistas”.

A partir de esta comprensión, podremos disputar la dirección de los principales sindicatos del país, arrancándolos de las manos de la burocracia sindical. Podremos disputar la CUT y recuperarla para las manos de la clase trabajadora. Podremos articular la clase trabajadora organizada con el pueblo mapuche y con la juventud para que no haya más luchas fragmentadas. Podremos combatir las acciones descolgadas de grupos minoritarios, educando a los trabajadores en la democracia obrera. Podremos construir un camino sólido para tomar el poder y derrocar al gran capital, haciendo que la riqueza producida por la clase trabajadora chilena y extranjera que vive en Chile sea utilizada para solucionar nuestras demandas y no para enriquecer a 10 familias y algunas transnacionales.

Por todo ello, decimos: el 18 de octubre no fue en vano. La clase trabajadora y la juventud sabrán aprovechar sus lecciones para construir el camino hacia un futuro libre de opresión y explotación.


[1] https://www.emol.com/noticias/Nacional/2023/10/15/1110033/estallido-social-encuesta-criteria.html

[2] Un ejemplo reciente de este punto de vista es el Editorial de El Mercurio de 17/10/23.

[3] El discurso de que la Nueva Constitución cambiaría todo también fue resultado de la propaganda de algunas organizaciones burguesas y de sectores medios, principalmente de los partidos reformistas. Tanto el Partido Comunista, como el Partido Socialista, el Frente Amplio y sectores de los movimientos sociales reproducen hace décadas la idea de que una Asamblea Constituyente podría acabar con el neoliberalismo en el país, idea que se demostró totalmente falsa con la Nueva Constitución surgida de la Convención Constitucional, que mantenía el país en manos de las familias más ricas de Chile, a pesar de algunas conquistas democráticas que ese proyecto contenía.

[4] Si bien no hubo rupturas o divisiones en las FFAA (el único caso público de un soldado que se negó a reprimir las movilizaciones fue el del valiente joven David Veloso en Antofagasta), es evidente que la continuidad de las movilizaciones y de los enfrentamientos profundizaría la crisis en los aparatos de represión. La crisis en Carabineros estuvo a punto de salir a luz pública, ya que esta institución fue sobrepasada varias veces por las movilizaciones, lo que generó profundo desgaste en sus filas. Sobre el caso de David Veloso ver: https://www.latercera.com/nacional/noticia/soldado-del-ejercito-esta-detenido-desde-domingo-negarse-participar-del-estado-emergencia/877377/

[5] No compartimos la visión de sectores ultraizquierdistas de que no es necesario participar de las elecciones burguesas. Creemos que es muy importante que los revolucionarios utilicemos las elecciones para difundir nuestras propuestas y también para que tengamos diputados revolucionarios que puedan hacer política revolucionaria desde la tribuna del parlamento. Sin embargo, no creemos que a través de reformas parlamentarias se van a solucionar las demandas de las masas. Por ello, no somos reformistas y sí revolucionarios.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí